Peregrinación Diocesana de Jóvenes de Madrid

MATERIALES para preparar el camino


El peregrino llega a ser
amigo de Dios

Amigos y amigas:

Con ocasión de la celebración del Año Santo Compostelano 2004, nuestro Cardenal-Arzobispo, Don Antonio Mª Rouco Varela, invita especialmente a los jóvenes a encontrarse ante la tumba del Apóstol para reavivar la fe y comprometerse a ser testigos de Cristo para una Europa de la Esperanza. Nuestro Arzobispo, sus Obispos auxiliares, miembros del Consejo Episcopal y muchos responsables de la pastoral de juventud de nuestra Diócesis caminarán junto con los jóvenes, haciendo visible a la Iglesia peregrina.

Para el próximo Año Santo Compostelano, primero de este siglo y CXVIII de la historia, desde la Delegación Diocesana de Infancia y Juventud, proponemos peregrinar por el Camino Norte. Muchos han sido los santos que llegaron a Compostela por diversos caminos, pero por el Camino Norte contamos con uno de excepción: San Francisco de Asís, quien lo realizó visitando en 1214 la Catedral de Oviedo y la de Compostela para hacer realidad la copla y servir al Señor Salvador y a su vasallo Santiago.

Seremos jóvenes peregrinos en Espíritu y Verdad, todos en camino, todos al encuentro de Dios, nuestro Padre. La peregrinación será, ante todo, un medio a través del cual el jóven vive la experiencia del Éxodo, compartiendo el sacrificio y la amistad. Es un camino de oración, reconciliación y eucaristía; es un camino hacia el interior para encontrarnos en nuestra intimidad con Aquél que sabemos que nos ama.

En el Camino, haremos realidad el espíritu de comunión eclesial, compartiendo con jóvenes de parroquias, movimientos, asociaciones, encontrándonos con aquellas personas que nos acogerán en la peregrinación por los pueblos y comunidades cristianas, y con los jóvenes que realizarán el camino desde otros pueblos de España y de Europa.

A continuación, encontraréis un extracto de la Carta Pastoral de nuestro Cardenal Arzobispo, “Discípulos de Jesucristo, Testigos de la Esperanza”, en el que nos introduce progresivamente en el sentido de toda peregrinación cristiana, así como otros aspectos que os pueden ayudar antes de iniciar el camino.

Gregorio Roldán Collado
Delegado Diocesano de Infancia y Juventud

 

   

Camino de Santiago:

fortalecer la fe, renovar nuestro compromiso

como testigos de esperanza

El año 2004 es Año Santo Compostelano, Año jubilar, Año de peregrinación, de perdón, de gracia. La Fiesta del Apóstol Santiago cae de nuevo en domingo. Desde ahora, invito a todos, especialmente a los jóvenes - ¿qué cristiano puede no sentirse joven?- a prepararse para vivir intensamente la peregrinación al sepulcro del Apóstol Santiago, el primer testigo del Señor. Un método espiritual excelente para purificar y fortalecer la fe recibida de los apóstoles y para renovar nuestro compromiso como testigos de la esperanza en este curso pastoral tan decisivo para una fructuosa preparación del Sínodo Diocesano.

El Camino de Santiago ha despertado un creciente interés en los últimos años, a pesar de los embates de una cultura secularizante y laicista, debido, en una extraordinaria medida, a las peregrinaciones de Juan Pablo II: el más insigne peregrino jacobeo de toda la historia. Cada vez son más numerosos los que recorren a pie al menos alguna etapa del Camino con el espíritu del peregrino cristiano. Los motivos son ciertamente diversos, pero aun los que pudieran parecer más ajenos a la fe, no dejan de expresar, aunque sea torpemente, una indisimulable sed de espiritualidad.

 

 

1. ¿Cómo puede el camino fortalecer tu fe?

2. ¿Qué motivos te han impulsado a participar en el camino?

 
 
1. Una llamada a superar la superficialidad

El primer paso de la peregrinación quizá tenga que ser el de atreverse a rasgar la superficialidad en que estamos instalados, y decidirse a emprender algo serio, diferente: salir de nosotros mismos, abandonar -como Abraham- nuestra tierra. Esa decisión puede resultar costosa en algunos casos, porque habrá que tomarla en contra del ambiente, mucho más favorable a la comodidad, a la ociosidad y a la diversión ruidosa.

eregrinar bajo el sol o la lluvia es sacrificio, nos desinstala de nuestra comodidad habitual. Perseverar en el Camino, volver a empezarlo cada mañana sin la seguridad de tenerlo todo previsto, vivir la provisionalidad, supone una disponibilidad desacostumbrada, pero, al mismo tiempo, provoca una experiencia profundamente gozosa que tiene su fuente en la Providencia que nos mantiene firmes y animados en la peregrinación. En el sacrificio del esfuerzo continuado, en la austeridad, en la apertura al amanecer de cada día, pueden vivirse experiencias insospechadas, donde actúa la gracia del Creador y Salvador.

El Camino de peregrinación, con sus momentos de silencio, es tiempo propicio para orar, reflexionar y dejar que afloren en la conciencia las preguntas fundamentales que el ajetreo de la vida ordinaria suele mantener en un segundo plano. La peregrinación, el pasar de un lugar a otro sin quedarse en ninguno, permite ver con más claridad, por el desapego y la distancia, el valor del tiempo y de las cosas y las respuestas a los grandes interrogantes de la existencia.

La dureza del camino ofrece ocasión de tener que sacrificarse para ayudar a los débiles o ejercitar la humildad y dejarse ayudar, y a veces sirve para comprobar paradójicamente lo contrario: que el corazón humano es capaz de cerrarse a sus semejantes. El Camino de peregrinación es un itinerario de gracia y de reconocimiento penitente del pecado. La atmósfera que se crea entre los que caminan juntos propicia también unas relaciones humanas más auténticas, en las que la simplicidad y la gratuidad hacen desvelar aspectos muy enriquecedores de la vida. En esas condiciones, qué duda cabe, la Palabra de Dios resuena en el corazón con toda su permanente novedad, y muestra un significado todavía no descubierto y unas consecuencias sorprendentes para nuestra vida.

 

1. Comenta con tu grupo estos rasgos que aparecen en el párrafo anterior.

2. Elabora un texto que te ayude a orar durante la preparación del camino.

3. Puesta en común en grupo o comunidad.

 
 

2. Una llamada a la conversión

El Camino de Santiago, para quien lo vive en autenticidad, además de un camino físico y del esfuerzo por alcanzar una meta, puede y debe resultar una peregrinación desde lo más profundo de uno mismo a la verdad de la creación y de la redención, a la verdad que somos y a la a la que a cada uno nos llama Dios a ser: la vocación de hijos de Dios llamados a la salvación.

El Evangelio que el Apóstol Santiago y los demás Apóstoles predicaron, y que hoy recibimos de manos de la Iglesia, ilumina la realidad de nuestra vida. Pone en claro lo mejor de nosotros mismos, nuestras aspiraciones más hondas, y hace más firme el convencimiento, ya más de una vez verificado, de que nuestra felicidad crece a medida que nos atrevemos a avanzar en la dirección que el Evangelio nos indica.

Así, a lo largo de la peregrinación, se puede reconocer el peso del pecado: la preocupación por la propia imagen y la fama, el uso de nuestro cuerpo como un simple instrumento egoísta para el placer, la manipulación de sentimientos y voluntades con tal de hacernos querer, la insolidaridad con que defendemos nuestros propios intereses materiales por encima incluso del derecho a la vida y al amor de los más próximos a nosotros -el esposo, la esposa, los padres, los hijos, los que no han nacido aún, los familiares y amigos- , la pereza para ayudar, la insensibilidad a la llamada de Dios ... Pero la Buena Noticia y la necesidad de conversión que la Iglesia no deja de anunciarnos, nos hace sentir lo honda que es nuestra nostalgia de Dios, y lo profundo de nuestro deseo de encontrarnos de nuevo con Él y dejarnos abrazar como hijos pródigos que retornan a la casa paterna.

Al Camino de Santiago, a la peregrinación, pertenece, como elemento esencial, esta búsqueda del perdón de Dios, de la indulgencia, de la reconciliación con Dios y con los hermanos, de dejarse recrear como criaturas nuevas mediante el sacramento de la Penitencia. Entrar por la "Puerta Santa" y cruzar el Pórtico de la Gloria es símbolo de una vida cristiana comenzada de nuevo. "Yo soy la Puerta" (Jn 10,9), dice el Señor. Reconocerlo así, pasar por Él, es entrar en Él, Camino, Verdad y Vida.


 

1. ¿Qué aspectos de tu vida te impiden vivir conforme al Evangelio?

2. ¿Qué experiencias de perdón y reconciliación han dejado “huella” en tu historia personal?

3. Te proponemos, como exigencia de vida cristiana, que participes en las celebraciones del sacramento de la Reconciliación en tu Comunidad parroquial.

4. Siendo joven, ¿cuáles son tus búsquedas? ¿Qué has encontrado? ¿Qué o quién te mueve a tomar decisiones?

   
 
3. Una obra de penitencia

La misma peregrinación, vivida como se debe, con sentido cristiano, se convierte en obra de penitencia. Es decir, en una ejercitación de la vida cristiana en la que se va borrando la tendencia al mal o la añoranza por él que deja en nosotros el pecado, aun después de haber sido perdonados en la confesión sacramental.

Las celebraciones, la escucha y la meditación de la Palabra de Dios, quizá compartida al final de la jornada, corrige la insensibilidad y la indiferencia ante las llamadas de Dios. La ayuda pronta a quien lo necesita, cura la pereza y el egoísmo. La sinceridad en las relaciones nos libera de la esclavitud respecto de la imagen que pretendemos dar y que de hecho damos. En el Camino todos somos peregrinos.

A lo largo de la peregrinación vamos encontrando continuamente testimonios de la fe de quienes nos han precedido en el seguimiento de Jesucristo. El peregrino pisa las huellas de sus antepasados. Todo en el camino nos habla de acogida, de obras de misericordia, de la caridad en que se convierte la fe cuando es sincera.

Los signos del pasado en el Camino no son puras reliquias del pasado. Fortalecen la fe y animan a los peregrinos en su camino penitente.

En el Camino encontramos, sobre todo, personas. Los vecinos de los pueblos por donde pasamos, dispuestos a prestar ayuda a los peregrinos como sus abuelos lo han hecho durante siglos. Peregrinos que, solos o en grupos, vienen de toda Europa, de Oriente y de Occidente, hasta el sepulcro del Apóstol en busca de una regeneración espiritual. Así vamos aprendiendo a ser agradecidos y a valorar la gratuidad, y curamos la autosuficiencia. Aprendemos a reconocer los valores de quienes son diferentes de nosotros, y nos dejamos enriquecer.

Mientras peregrinamos, ¿cómo no recordar el camino que el mismo Apóstol Santiago hizo hasta Jerusalén acompañando al Señor junto con los demás apóstoles (cfr. Lc 9,51-19,28)? Al empezar la marcha ya quisieron Santiago y Juan, apasionados y violentos, que lloviera fuego del cielo para castigar a los samaritanos que no dieron posada a Jesús. A lo largo del viaje van aprendiendo las enseñanzas de su Maestro: la oración, la misericordia, la abnegación, el servicio, el perdón, la recompensa de quienes lo dejan todo para seguirle. Por tres veces les habla Jesús de su muerte en Jerusalén y de su resurrección al tercer día, sin que ellos terminen de entender.

En el camino a Jerusalén aparecen las disputas entre los discípulos, aquella pretensión apasionada y sincera, aunque equivocada, de Santiago y su hermano Juan de estar cerca del Señor en la gloria. Ellos están dispuestos a beber el cáliz que Jesús había de beber. Y ciertamente lo bebieron, como el mismo Jesús les prometió. Santiago, el primero, dio testimonio de Jesucristo Resucitado muriendo mártir por orden del rey Herodes (cfr. Hch 12,2).

Como peregrinos, testigos de la fe, reconciliados con Dios y con la Iglesia, y ejercitados por las obras de penitencia, culminamos la peregrinación con la llegada a la Tumba apostólica en la Basílica del Señor Santiago. Venerar las reliquias santas y el abrazo a la imagen del Apóstol son signos que expresan la comunión en la misma fe en Jesucristo que él predicó, en el seguimiento que él vivió, en el testimonio que él selló con su sangre. Y, por su intercesión, esperamos alcanzar la comunión en la gloria que él recibió bebiendo del mismo cáliz que el Señor bebió.

+ Antonio Mª Rouco Varela
Cardenal-Arzobispo de Madrid

 

1. ¿Estás atento a la llamada que Dios te va haciendo a lo largo de la Vida?

2. ¿Qué respuesta das a la llamada de Dios?

3. ¿Cómo trabajas por el bien común de nuestro mundo?

4. ¿Cómo podemos aportar algo nuevo al legado cultural e histórico de Europa?

5. Haz una lectura atenta del Evangelio de San Lucas

6. ¿Qué fuentes de vida cristiana esperas obtener en el Camino que vas a emprender?

7. Formula un compromiso para las Jornadas del Camino.

 
 

 

Mensaje de S.S. Juan Pablo II
Con motivo de la apertura de la Puerta Santa
y del Año Santo Compostelano

1. Con motivo de la apertura de la Puerta Santa, que señala el comienzo de Año Jubilar Compostelano 2004, primero del tercer milenio del Cristianismo, envío un cordial saludo a los pastores y fieles de esa Archidiócesis de Santiago de Compostela y a los queridos hijos de Galicia. Asimismo, me uno espiritualmente, ya desde ahora, a los peregrinos que desde el resto de España, Europa y los más recónditos lugares de la tierra, se encaminarán de muy diversas maneras hacia la tumba del Apóstol Santiago, movidos por el deseo sincero de conversión.

A lo largo de la historia han sido innumerables los hombres y mujeres que se han dirigido hacia el llamado "Finis terrae" con espíritu de oración y de sacrificio. Sus huellas anónimas, siguiendo la dirección de la Vía Láctea, fueron conformando el Camino. La peregrinación jacobea nos habla de los orígenes espirituales y culturales del viejo Continente, pues la Iglesia y Europa son dos realidades íntimamente unidas en su ser y en su destino (cf. Ecclesia in Europa, 108). Por ello, a pesar de la actual crisis cultural que, en ciertos aspectos, repercute en la vida de algunos cristianos, debemos reafirmar que el Evangelio sigue siendo una referencia fundamental para el Continente. Yo mismo he peregrinado en dos ocasiones a esa Ciudad, llamado con razón "capital espiritual de la unidad europea". De ello conservo un recuerdo imborrable.

2. La Iglesia Compostelana, que desde tiempo inmemorial ha recibido el privilegio de custodiar el Sepulcro del Amigo del Señor, se siente llamada a acoger generosamente y transmitir el sentido profundo de la vida, inspirado en la fe que Santiago, el Boanerges (cf. Mc 3, 17), proclamó.

Por ello, el Camino de Santiago, a través del cual tantos peregrinos han purificado y acrecentado su fe a lo largo de la historia y que ha dejado su impronta netamente cristiana en la cultura humana, no puede olvidar su dimensión espiritual. El fenómeno jacobeo, que hace únicamente referencia al secular itinerario a Compostela, no puede desfigurar su identidad a causa de los factores culturales, económicos y políticos. Cualquier iniciativa que intenta desvirtuar o adulterar su carácter específicamente religioso sería una tergiversación de sus auténticos orígenes. A este respecto, el peregrino no es, pues, sólo un caminante: es, ante todo, un creyente que, a través de esa experiencia de vida y con la mirada fija en la intrepidez del Apóstol, quiere seguir fielmente a Cristo.

"Peregrinos por Gracia. ¿Qué conversación es la que lleváis por el camino?" Este lema del presente Año Santo hace referencia al relato evangélico de los discípulos de Emaús y es una imagen del peregrinar cristiano, muy adecuada para los peregrinos del nuevo milenio.

3. A través de los siglos, la esencia de la peregrinación a Santiago de Compostela ha sido la conversión al Dios vivo a través del encuentro con Jesucristo. La celebración de este Jubileo se propone también como camino de conversión. En efecto, gentes de todos los Continentes se darán cita en Compostela para confesar su fe cristiana e implorar y acoger el perdón de Dios misericordioso, cuya plenitud se manifiesta en la gracia de la indulgencia jubilar que conlleva la remisión total de la pena temporal debida por los pecados. El peregrino, abandonando progresivamente su comportamiento anterior, está llamado a revestirse del "hombre nuevo", asumiendo la nueva mentalidad propuesta por el Evangelio. El rito del Botafumeiro es, por otra parte, signo de su purificación, de su nuevo ser ofrecido como incienso que sube a la presencia del Señor.

La peregrinación a la Basílica Compostelana durante el Año Jubilar ha de suponer, pues, un renovado impulso para la comunidad cristiana en el empeño de revitalizar la fe. Para ello son esenciales los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía.

El gesto tradicional del abrazo al Apóstol, testigo y mártir de Jesucristo, simboliza la acogida gozosa de la fe que Santiago el Mayor predicó sin desmayo hasta dar su vida. Por eso, la ruta jacobea no es solamente una meta. Cruzando el umbral del majestuoso Pórtico de la Gloria, los peregrinos, orientando su vida a la luz de las Escrituras, retornan a sus lugares de origen para ser allí testimonios vivos y creíbles del Señor.

De este modo, los dinteles de esta Puerta de gracia, evocadora imagen de la Jerusalén celeste, serán testigos de la audacia de quienes no temen el futuro ni los obstáculos que aún quedan por superar para que se manifieste la humanidad nueva, y nos recordarán que la vida misma es un camino por Cristo hacia Dios Padre en el Espíritu.

4. La peregrinación, pues, a pesar de su dureza y fatiga, es un anuncio gozoso de la fe. Un camino personal en el que los peregrinos, siguiendo el ejemplo del "Hijo del Trueno", se convierten en intrépidos y celosos apóstoles. Con su caminar reflexivo, entregados a la intimidad con el Señor en la oración y el silencio, apoyados en el bordón de su Palabra, contemplando las maravillas que el Creador plasmó en la naturaleza, con su ascesis personal, ligeros de equipaje y provisiones, evitando los peligros de la experiencia gnóstica de preocupantes movimientos pseudoreligiosos y culturales, son invitados a anunciar el Reino de Dios.

El Camino es, además, un espacio y tiempo para el diálogo, la reconciliación y la paz; un itinerario de fraternidad espiritual y un impulso del compromiso ecuménico de acuerdo con la vocación universal de la Iglesia. La hostilidad, característica inherente a la peregrinación, supone también una importante aportación a la actual sociedad europea, donde el fenómeno de la migración requiere una particular atención.


5. Este Año Santo nos ofrece una ocasión propicia para impulsar, con renovado vigor, el compromiso con los valores de la Buena Nueva, proponiéndolos persuasivamente a las nuevas generaciones e impregnando con ellos la vida personal, familiar y social.

A ello se orientan las diversas actividades pastorales programadas para el Jubileo, particularmente la reunión de la Comisión del Episcopado de la Comunidad Europea (COM.E.CE) y el Encuentro Europeo de Jóvenes. Son acontecimientos que manifiestan la vitalidad de la fe de la Iglesia fundada en la predicación apostólica y que deben proyectarse fraternalmente hacia América y los demás Continentes. Compostela debe seguir siendo voz profética, faro luminoso de vida cristiana y de esperanza para las nuevas vías de la evangelización (cf. Discurso en la plaza del Obradoiro, 19 agosto 1989,2).

6. A Santa María del Camino, Virgen Peregrina, icono de la Iglesia en marcha por el desierto de la historia, que acompañará a los peregrinos en su itinerario penitencial, y a la protección del Señor Santiago, que les acogerá sonriente a su llegada al Pórtico de la Gloria, encomiendo este Año Jacobeo en la confianza de que los frutos abundantes de esta celebración jubilar ayuden a revitalizar la vida cristiana, manteniéndonos firmes en la fe, seguros en la esperanza y constantes en la caridad.

Con tales deseos, y en señal de benevolencia, les imparto complacido la Bendición Apostólica.

Vaticano, 30 de noviembre de 2003, I Domingo de Adviento

   

 


 

  Inico